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Joaquín Sabina y sus locuras con la cocaína

Escrito por Héctor Tabares O. . Publicado en Arte

  

   Foto: archivo LaNación Argentina 

A sus 66 años, el bohemio añora los bacanales de antes, las putas riendo a mandíbula batiente con las piernas abiertas, las botellas acumulándose desparpajadas al lado de una mesa, y el espejo sin las rayas blancas.

   Por: Iván Gallo. 

   La ‘dama blanca’ lo acompañaba para inspirarse hasta que perdió parte de su nariz y aunque dejó de consumirla, aún la recuerda. 

   Más que inspirarse para escribir una canción, Sabina necesitó durante veinte años un gramo de cocaína que aspirar. Aunque nunca llegó a estar despierto 19 días y 500 noches, si era usual que en medio de la noche el sol viniera a interrumpir una fiesta interminable.

   Dice que se salvó porque conoció a la dama blanca cuando ya había cumplido treinta años. Afirma que no murió porque la cocaína al fin y al cabo no mata sino que en muchas ocasiones es un alimento para el alma. A los tímidos crónicos que como él vomitan antes de un concierto, no les c ae mal una rayita de coca y un vaso de whisky para encontrar la tranquilidad perdida.

  En los ochenta, cuando la movida madrileña provocaba el cataclismo que sepultaría para siempre los últimos vestigios del medievalismo franquista, la alegría y la droga invadieron España. Joaquín Sabina vio cómo uno a uno sus más queridos amigos fueron cayendo por culpa de la heroína.

   A este hijo de la noche lo salvó de caer en el vicio mortal el terror que siempre le causó la aguja hipodérmica. Sin embargo, la cocaína siempre estuvo ahí, primero como un antídoto contra el aburrimiento, como un elixir mágico que hacía las fiestas eternas, como un método para combatir los fantasmas de la hoja en blanco.

   Después de 20 años de consumo, una noche, mientras leía los poemas de Robert Desnos, sintió un cosquilleo en el paladar, en un estornudo fuerte y sobre el libro pudo ver el color nacarado sangriento de su tabique. Beber el elixir de los dioses te hace más hermoso, pero debes pagar el precio.  

   Perder parte de su nariz fue el último de los indicios de que tenía que cambiar de vida. Ya tenía encima las úlceras que lo atormentaban desde principios de los años noventa. Después sufrió un accidente cerebral que lo dejó en coma durante unas horas. Como el amigo fiel que es, Sabina nunca le echó la culpa a su amiga de desvelos. Creía que era la edad, la crisis de los cuarenta, decía.

   Pero cuando sintió durante cuatro años la más desesperanzada de las depresiones, Sabina supo que ya no disfrutaba de la cocaína. Siempre le habían parecido exageradas esas declaraciones de drogadictos explicándole a la opinión pública lo traumático que era dejar la droga. Comprobó que eran pavadas cuando arrojó en la taza del inodoro cuatro bolsas de perico y no se le movió un músculo.

   Las noches habían perdido su brillo pero a Sabina se le había ido el peso de la tristeza. Cuando habló con Maradona y ‘el Pelusa’ le contó las noches en vela en Nápoles, al calor del vodka y de cinco gramos de coca, Sabina supo que nunca había sido un drogadicto, sino un b ohemio perdido de salud precaria que se lamentaba cada vez que la fiesta terminaba.

 De ahí su convencimiento que el cocainómano deshonra a la coca, como al borracho al vino y el fanático a la religión. A sus 66 años, Joaquín Sabina añora los bacanales de antes, las putas riendo a mandíbula batiente con las piernas abiertas, las botellas acumulándose desparpajadas al lado de una mesa, y el espejo sin las rayas blancas. La madurez no es más que la pérdida de la salud, de la energía. Y aunque no se aburre bebiendo en su casa de Madrid con los amigos de siempre, si echa de menos el fulgor y claridad que sólo le daba la cocaína. Sabina podrá estar limpio, pero nunca será un hipócrita. Y aunque ahora se embriaga de virtud y de poesía, Joaquín Sabina añora los excesos que la juventud alguna vez le permitió. 

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